Perú, abril 2010

Querido Adán:
Como nos vemos todos los días, probablemente te sorprenda que me dirija a ti con una carta. En la era de las comunicaciones inmediatas y multimedia en tiempo real, que parecen acortar cada vez más el intervalo entre la propuesta y la respuesta o, mejor aún, entre la palabra pensada y la palabra pronunciada, puede parecer extraño recurrir al medio más antiguo de que dispone el hombre para comunicarse (palabra, y concretamente la palabra escrita) y en la forma más tradicional y hoy un tanto desusada (la carta). Pero lo cierto es que hay comunicaciones que requieren su tiempo. Un “tiempo real” para pensar, para interrogar y escuchar al corazón; un tiempo para elegir la forma más adecuada y expresarla con esmero; un tiempo para confiar los propios sentimientos e intenciones a la libertad y la aceptación del otro. El tiempo del corazón y de la razón.
Y es precisamente con el corazón, mi querido Adán, como te escribo en este momento de tu vida.
¿Por qué? El motivo te lo diré enseguida; la verdadera motivación ya irá mostrándose por sí sola.
La otra tarde, al concluir el encuentro de programación del nuevo año con el grupo de pastoral, me llamó la atención el extraño clima de inercia colectiva; la atmósfera un tanto densa, que delataba una cierta desconfianza; la actitud general, no precisamente dispuesta a inventar algo, a encarar el futuro con el optimismo típico del creyente que se deja conducir por el Espíritu Santo; la descabellada y a la vez serena fantasía de Dios. Y me pareció también que tú, normalmente creativo y capaz de arrastrar a los demás, te dejaste condicionar, hasta cierto punto, por aquella atmósfera lánguida y deprimida.
Te confieso que tampoco yo tardé en sentirme un poco harto, como si advirtiera en mí una resistencia natural a desempeñar el acostumbrado papel clerical del cura que al final lo soluciona todo y remedia cualquier emergencia, sustituyendo a los ausentes, a los que escurren el bulto a los indolentes, con tal de que funcionen las cosas. Sé de hermanos míos en el sacerdocio que, en estos casos, no se lo piensan dos veces y toman en sus manos las riendas de todo; también sé de otros que incluso disfrutan, aunque lo disimulen, cuando se producen estas situaciones, porque, según ellos confirman ciertos prejuicios suyos (“ya decía yo que los laicos no son de fiar…”), y con una cierta suficiencia y un mal disimulado heroísmo se disponen a tapar agujeros y suplir omisiones ajenas creyendo tener los arrestos suficientes para cargar con la cruz y cantar a grito pelado en la fatigosa procesión de nuestro pueblo hacia la tierra prometida, aun a riesgo de sufrir un mal día un infarto.
Una pregunta candente
Por lo que a mí respecta, y con la poca virtud con que me siento, no me atrae en lo más mínimo el papel de “metomentodo”, y no solo por evitar problemas cardíacos. Hace ya tiempo que he comprendido que solo vivo debidamente mi vocación cuando permito que los demás descubran y acepten su propia y personal llamada.
En la Iglesia de Dios, quien es llamado debe, a su vez, ser alguien que llama. Y es precisamente el haber comprendido esto, lo que me produce ahora una verdadera crisis: ¿a cuántos creyentes o fieles he pedido que tomen conciencia de su vocación de este modo?; ¿Qué proporción hay en mí entre mi condición de “llamado” y mi condición de “llamante”? Si supieras cómo me queman por dentro estas preguntas…
Con estas premisas, por tanto, puedes tener la seguridad de que no pretendo hacerte reproche alguno ni tratar de… animarte. Pero tampoco quisiera obviar el problema recurriendo a las habituales excusas de los curas de este nuevo milenio solemos emplear para explicar nuestros fallos y nuestra falta de aliento en el servicio de la animación cristiana en esta estratégica fase de cambio. Más aún; te aseguro que esta carta tiene bastante de examen de conciencia; o que responde, cuando menos, a una necesidad de claridad conmigo mismo, de confrontación sobre temas que me parecen cada vez más ineludibles y esenciales y que me pregunto sinceramente si soy capaz de transmitirlos; más aún, si soy capaz de vivirlos en su ineludibilidad y esencialidad. No sé, en este momento, si saldré bien librado de esta verificación personal; de lo que sí estoy seguro es de que tengo que hacerla, y de que será dolorosa. Te agradezco no solo que hayas supuesto para mí el estímulo para ello, sino también que en este momento puedas ayudarme, lo quieras o no, a ser sincero y a hacer la luz tanto dentro como fuera de mí.
Ahora bien, estoy firmemente convencido de que es también una exigencia tuya; de que también tú necesitas preguntarte qué estás haciendo con tu vida, cómo ves el futuro, qué cartas estás jugando y qué actitud estas asumiendo para aceptar como protagonista el reto de la existencia. Hay quienes dicen que este lenguaje ya no está hoy de moda en una cultura a la que no le agradan los tonos fuertes y con una generación desilusionada o resignada, a la que ya no le atraen los grandes proyectos. En cualquier caso, y por encima de las palabras y las imágenes, creo que es un derecho y un deber de cada uno de nosotros, tratar de comprender adónde nos dirigimos y decidir libre y responsablemente acerca del sentido y el carácter de nuestra existencia. O preguntarnos sobre nuestra vocación.

Atte:  tu amigo de siempre.

PD. Creo que tenemos que seguir hablando sobre muchos temas como la “felicidad”, “la elección”… por ahora solo te escribo este pequeño mensaje, espero tu respuesta.

PAZ Y BIEN

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