Perspectiva trinitaria del acompañamiento

El misterio de la Iglesia envía al misterio de Cristo y éste al misterio del Dios trinitario. De esta manera el desarrollo vocacional reviste una dimensión cristológica y trinitaria.

La vocación de Dios es un misterio que se revela al Hijo por medio del Espíritu Santo. Éste es quien ha formado a Jesús (Lc 1,35) y le ha movido en su misión (Lc 3,22; 4,1.18); y es El también quien continúa la presencia dinámica de Jesús (Jn 16,12-15), quien interioriza su palabra (Jn 6,63; 7,37ss) y quien concede los carismas (1 Cor 12,7.11). El es el primer testigo de Jesús (Jn 15,26), el revelador actual y permanente de Jesús, a quien recuerda y a quien enseña perennemente (Jn 14,25ss), pues El ha sido entregado como don perpetuo (Jn 14,26).

Ya hemos visto que Dios, ante todo, es el sujeto de todas la vocaciones. Es El quien llama y toma la iniciativa del diálogo, es el garante absoluto porque en juego está su causa, sus intereses. La persona humana es “el sujeto paciente”, aquel sobre el cual cae la acción del “sujeto agente”. La vocación es siempre de Dios. Por lo tanto es don, gracia, “carisma”.

En el Nuevo Testamento es evidente la estructura trinitaria del evento vocacional (cf. 1 Cor 12,4-7.11): el Padre proyecta su plan de recapitular todas las cosas en Cristo (cf. Ef 1). Por esto envía al Hijo, que realiza la salvación a través de su muerte en la cruz, mediante la cual «atrae a sí todas las cosas» (Jn 12,32); para esta misión el Hijo es ungido por el Espíritu (cf. Mc 1,9-11; Lc 3,21-22; 4,14-19; Heb 9,3-14). Tal estructura se refleja claramente también en la relación entre Dios y el llamado.

El Padre escoge y llama. O bien El, sólo El es el autor del plan de salvación dentro del cual cada ser humano encuentra su rol personal. Su acto es siempre precedente, anterior; no espera la iniciativa del hombre, no depende de sus méritos, ni se configura a partir de sus capacidades o disposiciones. Conoce, designa, imprime un impulso, pone un sello, selecciona, segrega, llama «todavía antes de la fundación del mundo», «antes todavía de formarte en el seno materno» (cf. Ef 1,4; Jr 1,5; Gál 1,15), y después da la fuerza, camina al lado, sostiene la fatiga…

El Hijo envía, informa y forma a aquellos que el Padre ha escogido, como continuadores de su misión de salvación. El envío-misión es su última palabra sobre la tierra, el culmen de su propia misión (cf. Jn 20,21; Mt 28,16-20). Todo llamado es signo del enviado, es agente y apóstol de su misma misión, como la prolongación de sus brazos y como sus manos visibles, cooperador de Dios para realizar su plan de salvación en Cristo, y siervo de Cristo en su misma misión (cf. Mc 16,20; 1 Cor 4,1).

El Espíritu Santo unge y consagra, cualifica (los carismas) e inspira a los enviados de Cristo (cf. Jn 20,22). Esto es, los transforma interiormente, eleva sus vidas a un nuevo plano y los hace capaces para la misión (cf. 2 Cor 3,6). Todavía más, los ilumina interiormente para descubrir el misterio de Cristo y sus roles en relación a ello (cf. Ef 3,1-7.14-19), y los fortalece para cumplirlos. El Espíritu santo, además, es el Espíritu de la unidad en la Iglesia y de la comunión, para que todas las vocaciones sean para la Iglesia, en la Iglesia, y cooperen en el mismo proyecto (cf. Ef 4,1ss).

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