Queridos hermanos y hermanas: El Verbo hecho carne plante su tienda en el corazón de cada uno de nosotros y en nuestras fraternidades (cf. Jn 1, 14), y nos colme de gozo por su venida. Sólo así será Navidad para todos nosotros: la fiesta del Dios que se hace hombre, y del hombre es elevado definitivamente a la categoría de hijo en el Hijo, y es liberado y redimiendo en Aquel que ha dado su vida en rescate por nosotros. (cf. Mc 10, 45)

Es Navidad: El Padre, movido por amor hacia la humanidad, al cumplirse la plenitud de los tiempos nos ha enviado a su propio Hijo, nacido de mujer (Gal 4, 4). Es Navidad: través de la persona del Hijo hacia la humanidad caída. Es Navidad: ya no estamos abandonados a nuestra suerte. El Altísimo tiene un nombre: Emmanuel, Dios con nosotros (Mt 1, 23). Es Navidad: como los pastores, corramos para encontrarnos con el recién nacido, para luego comunicar a los demás el don que hemos recibido (cf Lc 2, 18)

HACIENDO MEMORIA GRATA DEL PASADO

El año 2010, que estamos a punto de terminar, nos ha traído a la memoria tres acontecimientos importantes: El VI Centenario de la implantación de la Jerarquía católica en China, siendo nombrado primer arzobispo de Pequín Juan de Montecorvino, el V Centenario de la muerte de San Francisco Solano, y el 150 aniversario de la muerte de los Mártires de Damasco, Beato Manuel Ruíz y Compañeros.

Juan de Montecorvino deja Italia para ir a evangelizar en el Extremo Oriente. Nos deja el ejemplo de una evangelización inculturada. Hombre apasionado por la causa del Evangelio, lo que le llevó a traducir al chino el Nuevo Testamento y los Salmos, a construir numerosas iglesias y casas para la población, a enseñar latín y griego, y a formar a los jóvenes para fuesen el futuro del clero de Oriente. Se hizo chino con los chinos.

San Francisco Solano deja España, su tierra natal, para anunciar la Buena Noticia en América. Solano nos deja un ejemplo de misión itinerante, creativa y popular. Durante los 14 años recorrió a pie el Chaco Paraguayo, Uruguay, Río de la Plata, Santa Fe, Córdoba (Argentina) y Perú, donde muere. Aprendió las lenguas de los nativos, y para ganarse el corazón de los guaraníes evangelizaba con el canto, la guitarra y el violín. Predicaba inter gentes: en los talleres, en las calles, en las iglesias y en los corrales de teatro.

Los Mártires de Damasco, en su mayoría españoles, movidos por el Espíritu no dudaron en ir entre “sarracenos” (cf. 1R XVI, 1ss), y llegado el momento testificaron, como fraternidad, su fe, derramando su sangre por Cristo. Ellos nos dejan el testimonio de una misión autentificada con el martirio. Este sigue siendo todavía hoy el culmen de toda misión evangélica y franciscana, pues, como dice Jesús en el Evangelio, “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus propios amigos” (Jn 15, 13).

PARA QUE SIGAMOS SU EJEMPLO

Por esos hermanos nuestros que gastaron su vida por el anuncio del Evangelio lejos de sus tierras y de sus culturas de origen, y por su testimonio heroico de vida cristiana y franciscana, “damos gracias al altísimo Señor Dios, de quien procede todo bien” (Adm VII, 4), mientras tenemos muy presente la admonición del Padre san Francisco que nos pone en guardia contra la tentación de querer recibir gloria por lo que otros han hecho (cf. Adm VI, 3).

Y para no caer en esa tentación, hemos de dejarnos cuestionar por su vida, acogiendo, con corazón abierto y disponible, el ejemplo que nuestros hermanos nos han dejado. Sólo así podremos cantar sus glorias. En este momento en que miramos con gratitud el pasado, poniendo los ojos en el futuro hacia el cual nos empuja el Espíritu (cf. Vita consecrata (=VC), 110), para abrazarlo con esperanza, queremos acoger con profunda gratitud lo mejor de nuestro  glorioso pasado para actualizarlo y “nutrir desde dentro, con la oferta liberadora

del Evangelio, a nuestro mundo fragmentado, desigual y hambriento de sentido, tal como hicieron en su tiempo Francisco y Clara de Asís” (El Señor os dé la paz, 2).

Sed santos como santo es vuestro Padre celestial

Y lo primero que hemos de acoger del testimonio de estos hermanos es la llamada a la santidad. Si hoy los recordamos es precisamente por eso, porque han tomado en serio el Evangelio. Su vida nos recuerda, ante todo, que también nosotros somos llamados a ser santos. El Vaticano II en el Capítulo V de la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia nos recuerda la llamada universal a la santidad, entendida “en su sentido fundamental de pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el tres veces Santo” (Juan Pablo II, NMI 30). Pienso que la afirmación de Pablo “ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (cf. 1 Ts 4, 3), dirigida a todos los cristianos, ha de ser asumida como una llamada personal y urgente por quienes, como nosotros, hemos optado por “seguir de cerca a Cristo” (CCGG 5, 2). Nuestra vocación no se entiende si no es desde una renovada y generosa respuesta a conseguir la perfección del amor (cf. LG 40), es decir: a la santidad.

Queridos hermanos: cuando constantemente se habla de la necesidad de revitalizar la vida y misión de todos los consagrados, y se afirma que de ello depende la significatividad de nuestra vida, “sería un contrasentido contentarse con una vida mediocrem vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” (Juan Pablo II, NMI, 31). Cuando hablamos de la necesidad de caminar desde el Evangelio, no podemos renunciar a vivir el radicalismo evangélico, tal como nos lo propone Francisco en la forma de vida que hemos abrazado, las Constituciones generales, que son la actualización de la Regla, y el Magisterio de la Iglesia; sino que, más bien, sentimos “la necesidad de no domesticar las palabras proféticas del Evangelio para adaptarlas a un estilo de vida cómodo”. Es la hora, hermanos y hermanos, “de acoger el Espíritu y de sentir la urgencia evangélica de nacer de nuevo (Jn 3, 3), tanto a nivel personal como institucional” (El Señor os dé la Paz, 2).

El proyecto de vida fundamental de todo bautizado, y mucho más de un consagrado, es éste: “Sed santos como santo es vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48). Pido que en nuestras casas de formación y en nuestras fraternidades no deje de resonar con fuerza la llamada urgente a este alto grado de la vida ordinaria. Pido que cada uno se cuestione su propia vida a la luz de esta llamada a la santidad y de radicalidad de vida evangélica.

La Iglesia y la sociedad necesitan de hombres y mujeres que vivan totalmente en el Señor, para que Él sea todo en todos. La Iglesia y la sociedad necesitan de personas “sedientas del Absoluto de Dios” y “testigos de la santidad” (Vita consecrata, 39). La Iglesia necesita de la fe de los sencillos y de los menores para derribar los ídolos de la sociedad actual que intentan robarnos el corazón (Cf. Benedicto XVI en el Sínodo para Medio Oriente). La Orden de los Hermanos Menores y la entera Familia Franciscana necesitan de hermanos y hermanas que, contemplando el rostro Transfigurado del Señor, se sientan llamados a una existencia. Nuestra Orden y nuestra Familia cuentan con una de las constelaciones más bellas de santidad. No podemos permitir que esto sea un simple dato de crónica. No podemos contentarnos con trasmitir esta rica historia del pasado, hemos de seguir escribiendo una rica y maravillosa historia de santidad en el presente.

En esta encrucijada en que nos encontramos de la fantasía de los santos para una revitalización profunda de nuestra vida y misión; necesitamos de hermanos santos para llegar al corazón de las masas hambrientas de una palabra de vida autentificada con la propia existencia; necesitamos de estos testimonios de luz que iluminen nuestro camino de fidelidad creativa y generosa.

Id y anunciad el Evangelio a toda criatura

La Iglesia nace y vive para la misión, pues tiene su origen en el Hijo enviado del Padre. Él es el primer misionero. También nuestra Orden es, en su identidad más profunda, una orden misionera. Somos llamados para ser “enviados al mundo entero” (CtaO 9), de tal modo que la misión en sentido amplio (misión inter gentes) y en sentido específico (misión ad gentes) es la clave para entender y revitalizar los elementos esenciales de nuestra forma de vida.

El ejemplo de Juan de Montecorvino, de San Francisco Solano y del Beato Manuel Ruíz y Compañeros mártires, nos habla de misión ad gentes, de ir por el mundo, como peregrinos y forasteros, para restituir, con la vida y la palabra, el don del Evangelio. Si la misión es “el indicador exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros” (RM 11) entonces bien podemos ad gentes es el termómetro de la vitalidad de la Orden.

El Capítulo general del 2009 ha aprobado seis proyectos misioneros. No podemos aprobar aquello que después no estamos dispuestos a respaldar con personal y con solidaridad económica. Una cosa es no poder, otra muy distinta es desinteresarse. Sería una irresponsabilidad por nuestra parte. La Orden nos pide un compromiso serio con dichos proyectos.

Sin olvidar ninguno de los proyectos aprobados por el Capítulo (cf. Mandatos Capitulares 21-27), particularmente en la presencia franciscana en los Vicariatos del Amazonas, donde estamos ya desde el siglo XVI, hoy quiero llamar vuestra atención sobre la misión de Tierra Santa y Marruecos.

En relación con la misión de Tierra Santa, la “misión internacional de la Orden más importante” (Capítulo 2009, Mandatos Capitulares n. 22) pido que se tenga en cuenta nuestra legislación que pide: “Procure cada una de las Provincias tener siempre en la Custodia de Tierra Santa uno o más hermanos idóneos que presten su servicio en ella durante cuatro años por lo menos” (EEGG 73). Por lo que a Marruecos se refiere, no podemos olvidar que es la “misión originaria de la Orden, iniciada con el testimonio de los primeros mártires” (Capítulo 2009, Mandatos Capitulares n. 22). Ambas misiones están necesitadas de personal. Es una verdadera urgencia. La Orden no puede renunciar a esas presencias misioneras que forman parte de nuestro patrimonio histórico y espiritual. Pido a los Ministros un esfuerzo para enviar algún hermano a estas dos misiones, aunque para ello haya que redimensionar alguna de las presencias en las Provincias.

El compromiso a favor de las misiones ha de iniciar ya con la formación inicial, para continuar con la formación permanente. Para ello considero que en la formación inicial se hace necesario formar en una nueva conciencia y sensibilidad por la misión, como parte integrante de nuestra vocación franciscana, trasmitiendo la visión teológica que la Iglesia tiene sobre la misión. Se hace necesario encender el “fuego apostólico” en el corazón de nuestros jóvenes, y animar las aspiraciones y las peticiones de los jóvenes para la misión. Sería necesario hacer resonar de nuevo la interpelación de Jesús: “Id vosotros también a mi viña!”Mt 20, 7). Se hace necesario llevar adelante un proyecto de formación que luego posibilite luego ir en misión: un proyecto que parta del Evangelio; un proyecto que sea realmente en lo esencial de nuestra vida –dimensión contemplativa, fraternidad y minoridad-, sin caer en la rigidez; un proyecto que forme en una espiritualidad misionera, caracterizada, como nos enseña Juan de Montecorvino, Francisco Solano y los Mártires de Damasco, por la presencia inculturada, la solidaridad, la fraternidad, la creatividad, y el testimonio de vida.

Esta animación en la formación inicial ha de ser acompañada durante el período de formación permanente con jornadas sobre la misión, el redimensionamiento de las estructuras provinciales en función de la misión inter gentes y ad gentes, el envío de algún hermano para uno de los proyectos misioneros de la Orden.

Mientras con mucha confianza os entrego estas reflexiones, pido al Señor que ilumine nuestras mentes y mueva nuestros corazones para discernir su santa voluntad y ponerla siempre en práctica (Cf. Oración ante el Cristo de San Damián).

CONCLUSIÓN

Es Navidad. Sí, Dios se ha hecho uno de nosotros. “Dios está en la tierra: ¿quién no será celeste? Dios viene a nosotros, nacido de una Virgen: ¿Quién no se hará divino hoy anhelará la santidad de la Virgen? Dios está envuelto en pañales: ¿Quién no se hará rico de la divinidad de Dios si acoge algo humilde?” (Sofronio de Jerusalén, Homilías, Roma, 1991, 55-57).

Queridos hermanos y hermanas: Salgamos al encuentro del Dios que viene, del Dios que hace historia con nosotros. Salgamos de nosotros mismos para acoger la gracia de la santidad que viene en el Niño de Belén. Salgamos de nuestras comodidades y seguridades para el Señor” (Lc 2, 11). Salgamos, seamos menos autorreferenciales, como nos pidió el último Capítulo general, Fil 2,6-7; PdE 14). Salgamos, el Hijo del Altísimo nos ha precedido.

Mis queridos hermanos y hermanos: ¡Feliz Navidad del Señor!

Vuestro Ministro y Siervo

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

Ministro general OFM

Les dejamos el texto original en pdf, puedes descargarlo aquí la Carta de Saludo de Nuestro Ministro General Por Navidad 2010 (les suplicamos que si quieren copiar el contenido de este mensaje citen la fuente, gracias)

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