Así habla Jesús en el Evangelio: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. (Mt 18, 1…)

Nada en el Evangelio podemos decir que sea fácil o cómodo. Cada una de sus páginas tiene su dificultad a la hora de hacerlo vida, de ponerlo en práctica: las Bienaventuranzas, el perdón, la solidaridad con los pobres…Tenemos experiencia de esa dificultad.

 Pero uno de los mandatos más difíciles de Jesús, es el que se refiere a la “corrección fraterna”. Baste, si no tenemos experiencia propia, con citar algunas expresiones de algunos santos.

Santo Tomás de Aquino dice: La corrección que hace mejorar a los humildes, suele  parecer intolerable a los soberbios”

Por su parte, San Agustín afirma: “Si no le ayudas a corregirse, peor eres tú; él se ha comportado mal, y se ha herido a sí mismo; ¿no te importan las heridas de tu hermano? Le ves perecer o que ha perecido, ¿y te encoges de hombros? Peor eres tú callando que él faltando”  (Sermón 82).

“Debemos pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda… ¿Por qué le corriges? Si lo haces por amor propio, nada haces” (Sermón 82)

Los cristianos tenemos el deber de hacer la corrección fraterna que es fruto de la caridad, de la fraternidad, no del juicio crítico. Es el amor de Cristo el que urge, el que invita a ayudar al hermano con esa corrección.

La corrección fraterna nace del deseo de ayudar a todos en su seguimiento de Jesús.

No nace de la irritación por una ofensa que hayamos recibido, ni por amor propio, porque han hecho algo que nos ha molestado. En ese caso, no sería corrección fraterna, sino desahogo personal. Sería más echárselo en car, que ayudarle a corregirse. Y con frecuencia es así.

La corrección fraterna es consecuencia de la mirada cristiana del bautizado, que se sabe corresponsable de la santidad de los demás.

Antes de realizar una corrección conviene pedirle luces al Espíritu de Dios para encontrar el mejor modo de llevarla a cabo con valentía, pero con humildad, con franqueza, pero con mucho cariño. Como decía esto de la corrección fraterna, bien hecha y con espíritu de caridad, es una de las páginas más difíciles del evangelio. Antes de hacerla, se debe pedir al Señor acierto para poder ayudar al hermano sin herirle.

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