ENCUENTRO VOCACIONAL FRANCISCANO

DEL 28 DE OCTUBRE AL 01 DE NOVIEMBRE

Comunicarse al cel. 995546212 ó 976461992. Fr. César Maldonado, ofm. Fr. Nelson Chanta, ofm.

Acompañamiento en el Nuevo Testamento

Jesús es el supremo mediador, el máximo y definitivo revelador de Dios (Heb 1,1-3). El es ese signo de cercanía personal del acompañamiento de Dios tan ansiosamente esperado, porque El y el Padre son uno (Jn 17,22) y quien le ve a El, ve al Padre (Jn 12,45), y sus palabras son las que le ha dicho el Padre (Jn 12,50).

Todas las imágenes por las que se expresaba la presencia y el acompañamiento de Dios a su pueblo, se las apropia Jesús: El es la luz del mundo (Jn 8,12), que sJ. V. 29-30-08-09 CHICLAYO 102ustituye la columna de fuego y de nube que guiaba al pueblo por el desierto, y el que le siga «no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». El es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6), el nuevo Moisés (Jn 1,21), el que guía y acompaña, el que nos arrastra (Lc 24,15; Heb 3,5s; 12,2s); es el pastor que «va delante de las ovejas y sus ovejas le siguen porque conocen su voz» (Jn 10,4).

Jesús practica con sus discípulos el acompañamiento vocacional. Reunió a los que El quiso para que estuvieran con El (Mc 3,14) no para instruirles y que repitieran ellos después lo aprendido sino para que lo conocieran íntimamente en la comunión de vida y luego dieran testimonio de El. Los introduce en el misterio del Reino (Mc 4,11) y sigue con ellos un largo proceso de acompañamiento en el conocimiento y asimilación de este misterio del Reino haciéndoles pasar de un conocimiento externo de ese Reino al conocimiento del misterio de Dios en Cristo muerto y resucitado. Les explica de forma diversa que a la muchedumbre el contenido de las parábolas para hacerles más comprensible su significado (Mc 4,11.33); pero debe tener paciencia con su incomprensión porque «su mente estaba embotada» (Mc 6,52; 7,18; 8,17-18.21; 9,10.32; 10,38).

Pedro le confiesa Hijo de Dios sin comprender nada y se pone frente al plan de Dios (Mc 8,27-33); los discípulos porfían por ocupar los primeros puestos en su Reino (Mc 10,35-45) pero Jesús les apremia a hacerse servidores de todos (Mc 9,33s) porque quien quiera estar con Jesús deberá seguirle por el camino emprendido por El. Los discípulos han necesitado tiempo y la ayuda de Jesús para llegar a comprender.

La incredulidad y la dureza de corazón de los discípulos persiste incluso después de la muerte de Jesús; no creen a quienes le vieron resucitado (Mc 16,11.13-14). A los que iban camino de Emaús Jesús les ayudará a penetrar en el sentido de los acontecimientos pascuales explicándoles las Escrituras mientras les acompaña en su camino (Lc 24,25-27).

Jesús anunció y prometió antes de su partida el envío del Espíritu Santo, el Paráclito, que «os enseñará todo y os recordará lo que yo os he dicho» (Jn 14,25). Derramado en el corazón de los creyentes es el que hace al hombre hijo de Dios, y le impulsa continuamente a asemejarse a Jesús y a reproducir su imagen: «Los que son conducidos por el Espíritu, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14). Este Espíritu va a ser el definitivo guía y acompañante para cada creyente, para toda la Iglesia, para siempre: «mora con vosotros y con vosotros estará» (Jn 14,17).

Esta efusión del Espíritu no es incompatible ni excluyente con relación a la misión que Jesús encomendó a sus apóstoles de predicar, de acompañar a los nuevos discípulos en el conocimiento progresivo del misterio del Reino de Dios como lo presentó Cristo: «haced discípulos… enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20).

A partir de su resurrección, Jesús pierde para los hombres su carácter visible, pero su presencia sigue siendo real en el mundo por el Espíritu, y su misión de llevar -acompañar- a los hombres al Padre continuada por la misión de la Iglesia. Como sostiene Schillebeeckx: «Lo que Cristo opera invisiblemente en este mundo por su Espíritu, lo realiza también visiblemente por la misión de sus apóstoles y por los miembros de la comunidad eclesial. Estas dos misiones, del Espíritu y de la Iglesia, están orgánicamente unidas».

Los apóstoles, de hecho, después de Pentecostés secundan las iniciativas del Espíritu Santo y se convierten en instrumentos de ese Espíritu para con los cristianos y las comunidades (cf. He 4,31; 5,3; 9,10s; 10,44s; 11,15s).

San Pablo, al ejercer su ministerio tiene clara conciencia de no hablar en su nombre ni de predicarse a sí mismo (2Cor 4,5), sino de ser servidor de Cristo y administrador de los misterios de Dios (1Cor 4,1): «Somos, pues, embajadores de Cristo como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios» (2Cor 5,20). Pablo se reconoce como instrumento de Dios hasta tal punto que pretende que Dios mismo hable por encima de sus palabras.

Se puede oír a Dios mismo en su palabra de hombre. Este es el presupuesto de 1Tes 2,13: damos gracias a Dios de que «al oír la palabra de Dios que os predicamos, la aceptasteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios». Esto obliga al apóstol a hacerse siervo del evangelio que anuncia y a exhortar a las comunidades que se sometan al Evangelio, no a él.

Con respecto a la comunidad, Pablo se reconoce no sólo como pedagogo sino como verdadero padre porque él les ha engendrado en la fe. Su función no se ha limitado al anuncio primero del Evangelio, sino que «nos hicimos entre vosotros cariñosos como una madre que cuida a sus hijos…; lo mismo que un padre a sus hijos os exhortábamos y consolábamos y os conjurábamos a que caminaseis de una manera digna de Dios» (1Tes 2,7.11-12; cf. también Ef 4,1; Fil 1,27; Col 1,10). Pablo, entonces, realiza un acompañamiento cercano y confiado a sus comunidades, un acompañamiento que supone la enseñanza, la exhortación, el ruego, la corrección, el consuelo, pero sobre todo la preocupación personal y pastoral del apóstol hacia cada uno; nadie queda excluido o marginado en esta atención. Paz y bien.

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