El compromiso, acompañar la decisión (formar)

Finalmente, la última etapa del proceso vocacional lleva al candidato a ingresar en alguna de las instituciones con las que cuenta la Iglesia para la formación específica de aquellos que experimentan la llamada de Dios al ministerio ordenado, a la vida religiosa o a otras formas de vida consagrada. La singularidad y especificidad del ministerio ordenado (PO, 2) y de la vida consagrada (PC, 5) y su importancia para la vida de la misma Iglesia, exigen en los que han recibido esta vocación del Señor, una formación específica (Cf. FMP) que los capacite para vivir plena y responsablemente este misterio de gracia.
Se trata, en definitiva, de formar para el compromiso, de acuerdo con las exigencias que conlleva la opción personal y libre por una vocación específica en el seno de la Iglesia, como forma de realización personal al servicio de los creyentes y de todos los hombres y en respuesta a la vocación recibida de Dios.
Se constituyen así en verdaderas «comunidades en camino» , que ofrecen a los llamados al ministerio apostólico o a la vida consagrada, una formación humana , espiritual , intelectual , pastoral y comunitaria , que les capacita en todos los órdenes para la nueva vida que ha engendrado en ellos la vocación imperiosa de Dios.
«Es evidente que gran parte de la eficacia formativa depende de la personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de vista humano y evangélico. Por eso son particularmente importantes, por un lado, la selección cuidada de los formadores, y por otro, el estimularles para que se hagan cada vez más idóneos para la misión que les ha sido confiada» .
Sin embargo, no debe olvidarse nunca que el verdadero protagonista de toda la formación ha de ser el aspirante al ministerio ordenado, a la vida religiosa o consagrada, puesto que toda formación es, en definitiva, autoformación. Y, en este sentido, la organización de todo el proceso formativo, que ha de quedar plasmada en los planes de formación, deberá ser una organización participativa , puesto que ha de responder a las exigencias fundamentales de la persona humana y entenderse como forma de educación eficaz y completa, aunque requiera un concepto nuevo de animación y de dirección.
Señalemos, por último, que, dado que el compromiso al que venimos aludiendo es definitivo, es decir, acogido por el llamado de una forma estable y para toda la vida, ha de alimentarse en buena medida de un proceso de formación permanente , que capacite al consagrado para renovar y avivar a diario el carisma que Dios ha puesto en él (2Tim 1,6).

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