«En el mismo hombre luchan entre sí muchos elementos. Mientras, por una parte, como criatura, experimenta que es un ser limitado, por otra se siente ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior».

En la base de todo discurso formativo está siempre, inevitablemente, una cierta imagen del sujeto en formación.

Por eso vamos a ver ahora la dimensión antropológica de la vocación y del acompañamiento de las vocaciones. El problema vocacional en la vida concreta, particularmente el del acompañamiento, se nos presenta de un modo extremadamente complejo. Muchos son los factores que concurren a delinearlo: naturales y sobrenaturales, intrínsecos y extrínsecos. El ser humano no es simplemente una naturaleza, una función; es un destino siempre singular y cuya plenitud es indispensable para el desarrollo personal, para su felicidad y su propio valer. Su vocación consiste precisamente en este destino singular hacia la participación en un valor de elección.

En esta prospectiva dinámica estamos considerando el problema de la vocación desde un doble punto de vista: su origen está en Dios; y su término, en el hombre. Dios llama, el hombre es llamado. Estos son los dos términos de la vocación personal: el autor -de la llamada- y el sujeto -llamado-. La vocación es esencialmente un diálogo. No podría existir ningún llamado de no existir antes alguien que llama.

Si la acción de Dios en un alma es de por sí misteriosa e inexpresable en sí misma, sin embargo ésta se inscribe en los efectos creados, a través de los cuales hemos de tratar primero descubrirla y luego cultivarla, dándole una orientación específica gracias a una labor de discernimiento. Dicho en otros términos: ya que nosotros no podemos tener un conocimiento directo de la voluntad divina respecto a la vocación, es mejor mirar las obras de Dios; es decir, en nuestro caso, mirar al sujeto mismo de la vocación.

En su sabiduría, Dios reparte siempre los dones y gracias de acuerdo a las responsabilidades y funciones para las que destina a cada uno, según la siguiente afirmación de Santo Tomás:

«Aquellos que Dios elige para un cierta función, los prepara y de tal modo los dispone, que sean eficazmente aptos a desarrollarla, según las palabras del Apóstol: ‘Dios nos ha hecho también capaces de ser ministros del Nuevo Testamento’ (2 Cor 3,6)».

Por este motivo, el propio sujeto llamado necesita descubrir en sí mismo las indicaciones providenciales o las señales de vocación. En estos signos se concretiza, por así decirlo, la vocación divina.

Ahora en este capítulo nos interesa solamente el segundo de los dos puntos de vista del fenómeno vocacional: la vocación en el sujeto, y sobre todo el reconocimiento y el cultivo en él de la semilla, los gérmenes, los factores vitales y los signos o señales dedesarrollodentro Imagende unos procesos del llamado devenir vocacional. Dichos factores y signos tendrán luego la necesidad de un adecuado acompañamiento que les permita alcanzar una progresiva madurez.

Expuesto ya el objetivo, abrimos este capítulo presentando un perfil antropológico evolutivo del desarrollo vocacional, pasando después a una descripción del joven a quien hoy queremos acompañar, siguiéndolo en unos procesos de crecimiento vocacional, de cara a una decisión definitiva. Estos puntos nos darán elementos válidos para adquirir una mejor comprensión del joven con hipotética vocación, amarlo y ayudarlo recorriendo un proceso de acompañamiento dentro de un programa global de pastoral vocacional.

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