¿A qué hombre queremos acompañar en el camino del aspirantado?

Nocabe duda que cualquier reflexión sobre el hombre tendrá distinta incidencia, según sea el hombre que pensamos y por el que nosotros apostamos.

Según Berzosa, han sido las filosofías contemporáneas (antropologías de cuño existencialista y fenomenológico) quienes han descubierto a la persona humana como vocación-tarea-llamada. El hombre, a diferencia del resto de los seres creados (unos inmóviles, otros con ciclo vital repetitivo), despliega su existencia y su historia en un incesante movimiento de complejidad y espiritualización. El hombre lleva en sí mismo un dinamismo, un impulso que da sentido a lo que hace y es, a lo que espera… El hombre es “proyecto”, pero en este ser proyecto los filósofos no se ponen de acuerdo en su sentido último y definitivo, en sus valores.

Es evidente que no estamos ante un tratado de antropología, aunque nuestra exposición, ciertamente, tiene en cuenta una determinada antropología.

Partiendo de las corrientes humanistas-personalistas, Vicente Matéu sostiene que en la definición del hombre hay una serie de rasgos que no pueden ser modificados o alterados porque son constitutivos de su propia persona y que el acompañamiento habrá de señalarlos y engrandecerlos en dirección vocacional. Ahora nos referiremos a ellos en tanto van a ser condicionantes de lo que hemos dado en llamar ser vocacional:

a)     Todos los hombres son portadores de un destino eterno, por lo que la propia existencia es la expresión de un acto de amor por parte de Dios.

El libro de la Sabiduría (12, 1-2), nos señala esto con evidente belleza: «¿Cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarías su existencia si tú no las hubieses llamado? … En todas las cosas está tu soplo incorruptible…». Es la vocación personal.

b)     El hombre es un todo indivisible. Cualquier opción vocacional habrá de contar necesariamente con todos los elementos personales convenientemente integrados. Esta será la única manera de que pueda comprometerse realmente toda la persona.

c)     No cabe hablar de destino en el camino vocacional. Nuestra vida se realiza en un diálogo personal con un Dios que propone a cada uno una relación personal de intimidad; con un Dios que, para asumir la propia condición humana, dio la vida por los hombres; con un Dios que se hace Palabra: humanidad palabreada al alcance y a la altura nuestra. Es el ámbito del acompañamiento en el aspirantado.

d)    El aspecto dinámico de la persona viene dado a través de un cambio de mentalidad. Se trata de un cambio progresivo y profundo: una conversión.

Esta decisión de cambio la toma cada uno en la interioridad de su propio corazón y constituye un dominio inviolable que nadie tiene derecho a allanar ni a juzgar, sino sólo Dios.

La persona se manifiesta de esta manera como una realidad siempre nueva, por lo que nuestra actitud tiene que estar abierta siempre a lo nuevo en nosotros.

e)     El hombre es llamado desde su libertad. El objetivo de esta llamada será comprometerlo en la maduración de la humanidad hasta que esté preparada como para que en ella se refleje el Reino de Dios.

La participación libre en la tarea es un presupuesto fundamental. Desde ahí el hombre tendrá derecho a rechazar la invitación que ha recibido en la llamada (derecho a pecar) o derecho a entregarse a la misma. Esta posibilidad es esencial al pleno ejercicio de la libertad y ahí está el sentido de nuestra responsabilidad.

f)      El hombre no es un ser solitario. Siempre está en contacto con la historia y con los hombres, y en esa relación es donde se dará la propia posibilidad de ser.

La concepción de un Dios-Trinidad aporta, en este sentido, la idea de un ser supremo en el que dialogan íntimamente las personas y que, por propia definición, es la negación de la soledad, abriéndose paso entonces la realidad comunitaria. El hombre, en su proceso de crecimiento, aprende a convivir, a construir comunidad.

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